Las pantallas ya no ocupan un momento específico del día. A diferencia de otros medios, forman parte de casi todas las actividades cotidianas: estudiar, entretenerse, comprar, conversar, informar o mostrar quiénes somos. En ese escenario, especialistas de la comunicación advierten que el desafío ya no pasa solamente por regular el tiempo de uso, sino por comprender cómo ese entorno digital está moldeando formas de pensar, de vincularse y de interpretar la realidad.
Para Paula Storni, profesora de Letras y docente en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UNT, el cambio más profundo radica en que “la mera posesión de un celular ya me inserta en el entorno digital en el que no sólo paso mucho tiempo sino que además me permite hacer absolutamente todo”. Y marca una diferencia con generaciones anteriores: “La tele también fue una preocupación de los padres y la escuela. Pero siempre su consumo representó un tiempo recortado dentro del continuum del tiempo vital. El entorno digital, en cambio, nos envuelve”.
La investigadora sostiene que todavía se están observando los efectos de este proceso mientras ocurre. Sin embargo, advierte que “la atención constante al entorno digital y todo lo que allí circula tiende a crear cada vez más la ilusión de que esa totalidad tiene vida propia y funciona de manera autónoma”. “El impacto de ese engaño es terrible porque paraliza la pregunta, la duda, la crítica y nos hace adormecer cómodamente ante algo que nos da todo a cambio de poco”, agrega.
La comunicadora, docente y directora de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, Eva Fontdevila, señala que los adolescentes reciben hoy una enorme cantidad de información, aunque bajo reglas diferentes a las que caracterizaban a los medios tradicionales. “Muchas veces recibimos información que no sabemos de dónde viene. Por lo tanto, no se encuadra en un acuerdo de institucionalidad con el medio”, explica. Según advierte, esa opacidad vuelve a chicos y adolescentes particularmente vulnerables “a las noticias falsas, a las operaciones que se hacen a través de la información, a la fragmentación y al consumo hiperfragmentado e hiperdisperso de contenidos”.
Fontdevila también observa que la hiperconectividad atraviesa a todas las generaciones. “Estamos permanentemente estimulados”, señala. Y recuerda que numerosos especialistas vienen alertando sobre “las dificultades para concentrarnos que tenemos cada vez más”, además del agotamiento mental y la reducción de los tiempos dedicados a comprender, releer y profundizar.
Respecto de los algoritmos de las redes y de la IA, considera que tienen un papel decisivo en la construcción de intereses y consumos. “Nos están invitando a participar de un mundo de consumo, donde esa idea es la medida de la inclusión”, señala y advierte que esa lógica alcanza tanto a adultos como a adolescentes.
Frente a ese panorama, Storni propone recuperar espacios de reflexión colectiva. Entre las herramientas necesarias menciona “desarmar el entorno, interrogarlo, romper la pantalla y ver el complejo proceso de producción que hay detrás”. También plantea la importancia de imaginar futuros posibles y fortalecer los intercambios entre generaciones. Porque, resume, “la conversación es hoy un arma de resistencia muy potente”.